Carlitos Rey – Capítulo 10: “Un viaje predestinado – primera parte”

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Volar desde Montevideo a Buenos Aires en un avión monomotor era el desafío que la tripulación de jóvenes y no muy experientes pilotos se había fijado para poder cumplir con el hito ineludible de asistir por vía aérea al festival aeronáutico de General Rodriguez. El mayor encuentro de la Aviación experimental en el rincón sur del continente.

Parte 1 de 2
La tripulación.
Los nombres, apellidos y direcciones de esta historia fueron cambiados para evitar herir susceptibilidades.

El avión se había reservado con mucha antelación porque todo el mundo quería hacer el cruce ese fin de semana y como las escuelas les daban preferencia a las tripulaciones conformadas por cuatro ex-alumnos, se había armado un esquema de supuestos participantes que realizarían el vuelo simplemente para poder conseguir reservar la mayor cantidad de aviones posibles en cada escuela. Si alguno no llegaba a estar disponible por temas técnicos, había que garantizarse algún plan B.
Este tipo de acuerdos era posible gracias los grupos y amistades que se iban formando durante las clases teóricas y visitas a encuentros organizados por los Aeroclubes uruguayos.

Así, era habitual ver entre 10 y 20 pilotos jóvenes de distintas escuelas que se recostaban a la sombra de algún ala para actualizarse sobre oportunidades laborales y comentar sobre las distintas aeronaves y sus menesteres.

Carlitos había conocido a varios de ellos a través de la frecuencia aeronáutica de los vuelos simulados en línea en donde se acompañaban durante interminables vuelos de Pluna Virtual. Poco se sabía a ciencia cierta sobre las cualidades como pilotos reales de los demás colegas ya que salvo que se hicieran travesías juntos, no era muy frecuente volar en la vida real con otros pilotos recién recibidos.

Sin embargo, siempre había rumores que servían para tener referencias sobre qué tan prolijos u ordenados eran los alumnos de determinado instructor y obviamente, cualquier mínimo incidente se divulgaba rápidamente. Es que en una comunidad tan pequeña y con posibilidades laborales contadas, siempre había un poco de competencia entre todos quienes aspiraban a tener la posibilidad de subir paracaidistas en algún Aeroclub o volar como copilotos en algún taxi aéreo o tener una oportunidad en una aerolínea.

Las generaciones de nuevos pilotos eran bastante heterogéneas y en aquella, había hermanos, parejas, adultos, jóvenes que acaban de cumplir la mayoría de edad y, por lo tanto, no era de extrañar que se formaran subgrupos de afinidad o nuevas parejas.

Una vez que no había conseguido arreglar para tener un lugar en un avión, Carlitos ofreció su auto para ir hasta el Festival organizado por el Aero Club de Nueva Helvecia a unos 130 km de Montevideo. Uno de sus compinches se sumó y le preguntó si podría extender la invitación a otro par de pilotos así repartían gastos del viaje.

Se encontraron en la plaza de los Olímpicos en Malvín y desde allí pasaron a buscar a los otros dos pilotos por Rivera y Bolivia. Joaquín era un muchacho que siempre estaba alegre, su padre había fallecido en un accidente de aviación de la Fuerza Aérea cuando él era un niño pero eso no había impedido que su entorno familiar lo alentara a aprender a volar. No obstante, entre los alumnos todos habían aprendido a tener cuidado de no hacer chistes de humor negro sobre accidentes, lo cual era muy habitual entre los pilotos.

Camino a la primera parada, le comentó a Carlitos que uno de los pilotos que los acompañaría era el hijo de Fagúndez, toda una eminencia por aquellos tiempos. Carlitos había escuchado algunas anécdotas sobre el muchacho y creyó que sería una buena oportunidad para relacionarse con alguien que tenía tantas puertas abiertas en la industria dada la amplia trayectoria de su padre.

A Cristián el hijo del famoso comandante de Pluna, Carlitos lo había conocido en una charla sobre medicina aeronáutica pero no había hablado mucho con él. Se notaba que conocía a mucha gente y era algo así como una estrella POP porque había volado desde temprana edad gracias a las enseñanzas que su padre le había impartido antes de realizar el curso de vuelo.

Ninguno de los dos trabajaba o tenía auto y estaban terminado el bachillerato. El año próximo asistirían becados al Instituto de Adiestramiento Aeronáutico para realizar el curso de vuelo por instrumentos y todos los teóricos de comercial y bimotor. Como los cursos eran todos los días de mañana y duraban todo el año no eran compatibles con la mayoría de los empleos.

Cristián se subió en el asiento de atrás del auto y los saludó efusivamente. Carlitos no sabía si era porque estaba excitado por el viaje que estaban por realizar, pero le llamó la atención la energía que transmitía el muchacho.

– ¿Y nacho? – Preguntó Joaquín.
– …. ¿Nacho? mmm, no Nacho no. Le dije a Jessie. Me copaba más que nos acompañe ella. Es re. –
– ¡Si, es re!. – dijo Joaquín con entusiasmo.
– La pasamos a buscar por su apto, vive ahí en la rambla y Michigan –

Carlitos era un simple espectador de la conversación, había entendido perfectamente que a los dos les gustaba la idea de que los acompañara una muchacha. En una actividad donde la inmensa mayoría eran hombres le parecía buena cosa seguir conociendo pilotas.

Cuando llegaron a la esquina, Cristián llamó y cortó con su celular Motorola y un par de minutos después, una muchacha de unos 20 años, con lentes Ray Ban Aviator, campera Alfa color bordeaux, jean azul ajustado y botas altas marrones con corderito blanco, vino a paso ligero hasta el auto mientras terminaba un mate que todavía estaba humeante.

Desde que apareció frente al auto hasta que entró, nadie habló. Carlitos entendía por qué estaban tan eufóricos de que ella los fuera a acompañar. Si bien no había entendido muchas de las cosas que los otros pilotos habían venido hablando en el breve viaje, había podido notar como ambos se sacaban cartel sobre sus proezas de masculinidad.
Carlitos con ellos no tenía más de 6 u 8 años de diferencia, pero parecía que tenían modismos que no conocía y se sintió un poco oxidado al no poder entender todo lo que hablaban.

-Menos mal que no vamos en avión – Fue lo primero que escuchó Carlitos de boca de Jessie y antes que alguno de los otros 3 ocupantes del auto hiciera un comentario, agregó:

-Estoy molida, me pasé toda la noche haciendo el amor con mi novio, y quedé toda dolorida. Desecha. –

A Carlitos aquellas palabras le sonaron tan naturales y tan desubicadas al mismo tiempo. “Qué increíble…, miráme subiendo a cualquier desconocido al auto. Las cosas que hago por la aviación.”

– Ah bueeenooo – dijo el hijo de Fagúndez, – aprovechá el viaje para descansar entonces, cualquier cosa yo te hago unos mimos. –
-Bueno…. Bueno….., ¡estamos en un auto decente!- Dijo Joaquín desde el asiento del acompañante, mirando hacia atrás por encima de su hombro izquierdo.
– Ay perdón, qué desubicada ¡por.. Dios..!. – Dijo Jessie buscando en el espejo retrovisor la atención de Carlitos. – Igual tampoco se va a asustar –

Aprovechando que era temprano y que había bizcochos y mate, Carlitos hizo el camino largo para llegar a la salida de Montevideo por los accesos recorriendo toda la rambla hacia el oeste.


Los tres amigos viajaron charlando entre ellos, reviviendo anécdotas de bailes y salidas. Algo que ya había quedado bastante atrás para Carlitos. Cada tanto, podía meter algún comentario, pero se sentía responsable de llevar aquellos niños en su auto y prestaba la máxima atención al tránsito.

-Carlitos, vos que sos el Piloto al mando, ¿sabés bien el camino no? –
– Si Joaquín, ahora agarramos la ruta 1 y le damos derecho, llegamos fácil.
-Derecho! Derecho! – intentó sonar chistoso Cristián el hijo de Fagúndez

Jessie no le había prestado atención alguna al camino por lo que con sorpresa preguntó: – ¿dónde estamos? –

– En los accesos a Montevideo, a la altura del Cerro. – dijo Carlitos con total normalidad.

– ¿En el Cerro? ¡Ayy no!!!! – dijo con voz asustada Jessie. – !Vamosnós, vamosnós! ¿qué hiciste? ¿dónde nos metiste? – gritaba como si estuviera a punto de entrar en pánico.

El auto viajaba a unos 80 km/h alejándose de la capital por una de las principales rutas del país. El Cerro quedaba a la izquierda del vehículo y era una de las vistas más lindas que había en Montevideo. Su fortaleza blanca con la bandera Artiguense, su villa bañada por el sol y las chimeneas del antiguo frigorífico que ahora era un polo industrial.

– ¡Mi abuelo nos prohibió acercarnos al Cerro! !Cerrá el vidrio! ¡Cerrá tu ventana por favor Joaquín! gritaba la muchacha que ya no tenía una expresión saludable en su rostro. Su pelo castaño largo se revolvía metiéndose entre las gafas negras y la boca. Sus mejillas estaban rojas y su cuerpo inclinado hacia el centro del asiento, en donde se encontraba con los brazos de Cristián que la intentaba calmar.

Joaquín al ver esto, se soltó el cinturón de seguridad y se estiró para tomarle sus manos y tranquilizarla. – Ya pasó… ya pasó.- le decía con suavidad mientras acariciaba sus manos.

– No pasa nada, ya nos fuimos – Le dijo Cristián y la ayudó a sentarse en su lugar asegurándose de que sus manos quedaran lo suficientemente lejos de las de Joaquín.

Carlitos, pudo ver como ambos gallitos se clavaban la mirada y por un momento llegó a pensar que la reacción de ella era parte de toda esa pavada, pero nadie podía ponerse así sin realmente estar muy asustado.
Ninguna de las otras mujeres que Carlitos conocía de la aviación actuaría de esa forma, pensó. O al menos, le costaba imaginarse a las piloto o controladores aéreo reaccionando de esa forma.

-¿Este camino es normal? – preguntó con algo de bronca Joaquín.
– Claro que es normal, todo el mundo viene por acá – dijo Carlitos sorprendiéndose aún más.
-¿Pero esto es Montevideo? –
– Si claro que es Montevideo, falta bastante para Canelones. Estamos a la altura del Aeropuerto de Melilla… – Pensó en preguntarle si había traído el pasaporte…. pero se dio cuenta que realmente no tenían idea de donde estaban y que no valía la pena hacerlos sentir mal. – Abróchate el cinturón por favor – Le murmuro, en cambio.

Llegaron a la ciudad de Nueva Helvecia y encontraron el Aero Club pura y exclusivamente guiándose por la trayectoria de las aeronaves que realizaban vuelos de bautismo. El Festival recién estaba empezando así que tuvieron mucho rato para conversar. Carlitos entendió que ninguno de sus acompañantes había visitado nunca el Cerro y que todo lo que tenían eran prejuicios y temores.
A sus casi 20 años sólo conocían una porción de la Capital ya que todas sus actividades estaban resueltas en las inmediaciones de sus casas y colegios. Para ellos la ciudad prácticamente se limitaba al sur de Avenida Italia.

-¿Sabés que el Cerro no está en una isla? – fue como empezó Carlitos una de las únicas charlas a solas que tuvo con su pasajera. – Es un barrio como otros, hay comercios, liceos, iglesias, canchas de fútbol y plazas. Vive mucha gente y también hay delitos, como en cualquier barrio de la ciudad. –

-Mi abuelo nos prohibió ir al Cerro porque te roban y te matan. ¿captás?-
-Si.. si, te escuché en el auto, pero tenés 20 años, sos piloto, ¿no se te ocurrió que tu familia puede estar equivocada?
– Tengo 21, nevermind. – Le respondió sin demostrar demasiado interés en la información que Carlitos le estaba dando.
-¡Conseguí un avión para dar una vuelta antes de irnos!- los interrumpió Joaquín que venía acompañado de otro piloto que Carlitos conocía de Melilla.
A medida que avanzó el día fueron sumándose más y más pilotos, instructores y alumnos. Nueva Helvecia tenía la ventaja de ser un aeródromo relativamente cercano a Montevideo y por ende el festival recibía la visita de varias aeronaves.

En estos Festivales suelen acercarse personas que nunca se animaron en ingresar al AeroClub a preguntar sobre el curso de vuelo. -No entiendo para qué preguntan!, ¡como me calienta! Ya se les nota en la cara que no pueden ser pilotos. Ni fueron a Colegio, ¿qué van a hacer después?

-¿Pero que tiene que ver que no hayan ido a Colegio? Le preguntó Marcelo a Cristián que estaba desquiciado.
-¡No aprendieron inglés!. Tá ponele que aprendan algo por ahí, pero nada que ver. Estos son las roñas que después el estado tiene que mantener. No pueden pagar el curso, no saben inglés, no pueden pagar una hora de vuelo. Ni saben lo que es un avión y quieren volar. Dejá…

No era la primera vez que Carlitos escuchaba ese tipo de razonamiento. No en vano, no había conocido ningún piloto de tez morena en Uruguay. Claramente no había que nacer en Carrasco o tener padre piloto para poder hacerlo, pero para los que creían que los aeroclubes existían solo para que ellos pudieran completar los requisitos de vuelo para llegar a una aerolínea, los demás molestábamos.
Al mediodía todos se habían sentado a comer la única opción del menú, asado con cuero y coca cola. Jessie y otra chica, compartieron un paquete de galletitas rellenas de frutilla porque la carne les resultó muy grasienta.

Algunos muchachos que iban a pernoctar estaban proponiendo ir a la ciudad en auto para relevar boliches y discotecas y cuando Jessie insinuó que le gustaría quedarse, tanto Joaquín como Cristián se sumaron a la idea. No hizo falta que Carlitos dijera nada, bastó con mirarlo para darse cuenta de que no contarían con su auto para hacer esa gira.

Un poco después de comer, salió el vuelo prometido y Carlitos, junto con los dos muchachos despegaron en el Cessna 172 que ellos solían volar en su Escuela de Vuelo de Carrasco. El CX-AYZ era del mismo modelo que el avión del Aero Club de Minas que tantas horas había volado Carlitos, sin embargo, como no había sido alumno de esa escuela optó por ir como pasajero junto a Cristián. El piloto principal sería Marcelo que era el responsable del avión ese día y Joaquín iría de copiloto.

Marcelo era de los pilotos más avanzados en Pluna Virtual y también era el más joven de la tripulación. Sin embargo, su preparación del despegue había sido muy seria y prolija.
Ya en el aire, cedió los comandos a Joaquín quien simplemente realizó un par de circuitos de tránsito para no quemar demasiado combustible.
10 minutos después de despegar, se prepararon para aterrizar frente a todo el público como lo hacían todos los pilotos.
La pista de pasto estaba en óptimas condiciones y no había ningún factor que afectara el vuelo, sin embargo, ni bien las ruedas tocaron la pista, Cristián que estaba sentado en el asiento de atrás junto a Carlitos, gritó: ¡Abortá! ¡Abortá!
La Aeronave prosiguió su aterrizaje. !Abortá enfermo de mierda!! ¿sos estúpido?!!

– ¡Callate idiota!! – le gritó Joaquín.

Carlitos no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, buscó adelante del avión por si había alguna persona cruzando la pista.
Marcelo, los miraba a ambos con cara de sorpresa y preocupación.

-¡Sos un pelotudo! ¿cómo vas a continuar el aterrizaje?! – continuaba gritando Cristián sin parecer demasiado preocupado porque pudiera pasar algo realmente grave.

El avión se desaceleró lentamente y abandonó la pista rumbo al estacionamiento.

-Mío el avión – intentaba recuperar los comandos Marcelo para sacarle la presión a Joaquín.
-¿Cómo vas a gritar así?, sos un enfermo ¿qué te pasa? –
– ¿Yo soy un enfermo?! ¿cómo vas a seguir el aterrizaje si venís rebotando? ¿querías dar vuelta el avión? –
– Lo tenía bajo control! sólo lo dejé volver a flotar para frenarlo.
– No!, ¡tenés que irte al aire de nuevo! ¡No podés rebotar!

Piloto y pasajero discutían cada vez más fuerte y ni Marcelo ni Carlitos habían percibido problema alguno. De nada servía los intentos de calmarlos, ellos seguían insultándose dentro del avión sin que los asistentes al festival lo notaran.

Carlitos pensó en el alto estándar para los aterrizajes que tendrían estos muchachos a raíz de su interés por la aviación comercial. Él venía aterrizando en pistas de pasto hacía casi un año y nunca había percibido un rebote, ni había visto uno en otro piloto, salvo en algunos videos de aterrizajes forzosos.

Cuando finalmente Marcelo pudo apagar el avión, se acercó Jessie y les tomó una foto con su Startac. -Se la voy a mandar a mi padre para que vea el vuelo que hicimos hoy- dijo sin darse cuenta del humor que reinaba en la cabina.

Carlitos vio como se le caía algo del bolsillo al sacar el teléfono así que aprovechando para alejarse de los muchachos lo recogió y vio que era el carnet de alumno piloto de María de los Ángeles Silva Gaminara.

-¡María de los Ángeles! – la llamó mientras extendía su brazo para alcanzarle el carnet.

Ella sonrío y le dijo -Gordo.., me llamo Jessie. ¿captas?. ¿vos cómo te llamabas?
Carlitos estaba pensando que responderle que no la hiciera sentirse mal ni dejarlo a él como un estúpido, pero apareció el hijo del comandante Fagúndez, le pasó el brazo por encima y le dijo: -My god Jessie, no sabés lo que hizo el nabo de Joaquín. He almost kill us!. (en español significa casi nos mata)

Ambos se fueron caminando rumbo a la cantina y Carlitos volvió para ayudar a Marcelo a acomodar el avión.

Un rato más tarde, a Carlitos no le terminaba de cerrar la idea de volar nuevamente con Joaquín y Cristián como parte de la tripulación, pero con Marcelo ya habían hablado para volar los 4 a General Rodríguez y era la única oportunidad que tenía de conseguir avión. Al menos él no se iba a bajar de esa tripulación y solo le preocupaba la madurez de sus colegas.

-Yo hablo con ellos, no te preocupes. Son muy buenos pilotos los dos. – Le repetía una y otra vez Marcelo que con cierta vergüenza intentaba proteger a sus amigos de aquél papelón.

Durante el resto de la tarde los 4 no volvieron a coincidir hasta el momento de la despedida de las tripulaciones. Era costumbre que antes de la puesta del sol, los pilotos coordinaban para que sólo uno llamara al control de tránsito aéreo de Carrasco para avisar que las aeronaves volverían a Montevideo y se informaban de alguna restricción del espacio aéreo o cambios en la meteo.

En ese momento de confraternización y cuando todo parecía haber quedado en el olvido. Joaquín escuchó como el hijo del comandante Fagúndez les contaba a todos que por poco se rompía el avión debido al pésimo aterrizaje de Joaquín, esto hizo que Joaquín se acercara furioso y luego de gritarle entre otras cosas: “Callate estúpido!” le lanzará un puñetazo al rostro que no llegó a destino, pero en cambio, el golpe de respuesta de Cristián le dio de lleno en el pómulo izquierdo lastimándole un poco la boca.

La mayoría de los presentes estaban coordinando realizar alguna travesura aérea, volando en formación o apenas a unos metros de altura hasta acercarse a los límites del control aéreo de Montevideo, por lo que ese intercambio de insultos y golpes no valió mucho su atención.

Jessie ayudó a Joaquín a recomponerse y Marcelo y otros muchachos le hablaron a Cristián para que todo se calmara.

Carlitos, saludó a lo lejos a Marcelo poniendo cara de desaprobación y abrió el baúl del auto para guardar su mochila. Enseguida llegaron Jessie y Joaquín y también guardaron sus cosas. Ella se sentó en el asiento de adelante.
Unos segundos después, Cristián se subió en el asiento de atrás, se puso el cinturón de seguridad y le preguntó a Carlitos. – ¿Nos podemos ir? –

-¡Ustedes dos son unos pendejos! Van a ir todo el viaje callados la boca. ¡Qué vergüenza! – Sentenció Jessie con un tono firme y severo.

Joaquín tenía la cabeza apoyada en la ventana y los brazos cruzados. No pareció inmutarse ante la orden. Cristián imitándolo, hizo lo mismo y se golpeó la cabeza contra la ventana. Jessie río tontamente y murmuro “qué tarado”.

Carlitos vio que la salida por el centro de la ciudad estaba llena de autos y tomó por la ruta 61, que ya había revisado que también los dejaba en la ruta 1.

Todavía faltaban unos minutos para la puesta del sol y él, como seguramente todos los ocupantes del auto sólo pensaba en llegar rápido a su casa. La ruta era angosta, no tenía banquina y debía ir atento a los ciclistas y jinetes.

La radio tenía sintonizada una FM local y sonaba un tema de Gilda “No me arrepiento de este amor… aunque me cueste el corazón….” Jessie comenzó a tararearlo con voz dulce y Carlitos llevaba el ritmo golpeteando con la yema de los dedos el volante.

Subían un leve repecho y Carlitos debió esquivar un carro tirado por caballo repleto de cubiertas de motocicletas y autos. Estaban en la parte más alta y hacia adelante se veía como la ruta volvía a bajar y subir con suavidad varias veces.
Viniendo en sentido contrario, en la cima opuesta venía un camión vacío, pero de los que traen zorra que terminaba de sobrepasar un pequeño auto, pero de imprevisto su zorra se cruzó y quedó totalmente atravesada en la ruta a menos de 50 metros del auto de los pilotos.

Carlitos atinó a pisar el freno con todas sus fuerzas. Pensó en lo responsable que se sentía por estar llevando a aquellos extraños. Pensó en que todas sus previsiones, planificaciones y decisiones como chofer a cargo de ese paseo a un Aeroclub con una tripulación netamente aeronáutica estaba por terminar abruptamente.

Frente a ellos, a menos de una cuadra de distancia, 12 metros de hierro y acero se venían encima y con toda seguridad partirían al medio al auto y sus pasajeros.

Jessie era la única que estaba viendo lo que estaba pasando. La radio siguió sonando y la voz de Gilda que hacía 10 años había muerto en un accidente de tránsito que también había involucrado un camión, no paró.

El camionero tampoco pudo parar, Carlitos no tuvo tiempo tampoco de parar.
Jessie dejó de respirar, apenas exhaló súbitamente entremezclando un grito de pánico fallido con los versos de la canción que venía cantando.

Carlitos cerró los ojos y aflojó las manos del volante. No tuvo tiempo de pensar en su esposa, su madre, en nada.
La única imagen que se le vino a la mente era la de los padres de los muchachos que llevaba con él. Se imaginó a los padres de Jessie llegando a la escena del choque, a la madre de Joaquín o el comandante Fagúndez.

La zorra hizo un movimiento de chicotazo y se cruzó totalmente para el otro lado. Frente a ellos, la ruta aparecía despejada y el repecho volvía a convertirse en bajada.
Hacia atrás, no se veía nada.

Carlitos volvió a apretar el volante. Tenía un forro de cuero con arrugas y puntitos que supuestamente servían para tener más agarre y ayudar a relajar los músculos. Carlitos los podía sentir clavados en su mano.

Otra vez estaban llegando a la parte alta de un repecho y por el retrovisor pudo ver como el camión proseguía su camino dejando tras de él una polvareda impresionante.

– ¿Y tus padres? –
– -Mi padre es Piloto FAU, ahora está en el Congo. Mi madre está casada con un Controlador Aéreo. Ella siempre quiso volar y conocer otros lugares, pero cuando se puso de novia con mi viejo, mis abuelos le cortaron los víveres y ta.
Precisaban aflojar la tensión de lo vívido, se miraron un instante y se dieron cuenta que hablar de cualquier cosa les haría bien.
– ¿Y hace mucho empezaste el curso?-
-Si, hace como dos años, pero no creo que lo termine –
-¿Por?-
-Porque no me gusta mucho volar mismo. Me gusta la ropa, me gustan los aviones, los pilotos, pero haciendo el curso estoy bien. Además, mientras esté haciendo el curso no tengo que ponerme a trabajar o estudiar otra cosa y a mis viejos les gusta la idea de que haya una mujer piloto en la familia.
-¿Y porque te dicen Jessie?-
-Mi madre se llama Jessie y cuando empecé a ir al British, la “Form Mother” dijo que Jessie encajaba más que María de los Ángeles y me quedó.
– ¿La mother…?- Carlitos la miró con cara de no entender lo que había dicho.
-“eFFF, oUUU, eRRR, eMMM, mother”. La madre delegada entre las madres de la clase. Respondió Jessie, deletreando como si estuviera teniendo que aclarar algo obvio.

 

El resto del viaje transcurrió sin novedades. Joaquín durmió apoyado contra la ventana. Jessie había ido pendiente de los mensajes de texto SMS y cada tanto se reía sola. Cristián iba en silencio, a veces parecía dormido y a veces se reía sólo. Carlitos no podía verlo porque iba recostado en el asiento atrás suyo casi en posición fetal.
Cuando estaban llegando a Malvín, Cristián se incorporó y le pidió a Carlitos que primero dejaran a Joaquín en su casa.
En la plaza de los Olímpicos Carlitos detuvo el auto. Jessie aprovechó para recordar lo que había pasado con el camión y tratar de romper el hielo entre los amigos. – No saben chicos, Carlitos nos salvó…. Yo dije “I’m dying, I’m dying”… pero hizo tremenda maniobra y esquivó al camión…. Carlitos un groso, además re tranquilo él…. si así maneja imagínate como vuela, te morís. Carlitos sos un genio”.

La anécdota era difícil de creer y Jessie le había dado un color bárbaro, pero Carlitos valoró su intención, aunque no tuvo ningún efecto en el humor entre los muchachos.

Abrió el baúl del auto y Jessie se bajó para despedir a Joaquín. Hablaron y rieron un par de minutos y luego prosiguieron viaje.
-¿Te llevamos a vos ahora María?- le ofreció Carlitos con más confianza.

-Afirmativo capitán. Respondió con sorprendente buen humor.

A esa hora la calle Michigan estaba repleta de autos, así que se detuvo en doble fila. Los tres bajaron y fueron hacia la parte de atrás para sacar sus cosas del baúl.
Carlitos saludo sobriamente a la alumna piloto, no quería que la nueva confianza se confundiera con un intento de seducción de su parte.

-Que descanses, gracias por la compañía-
-Gracias a vos héroe, hasta la próxima- Carlitos se río sin querer y volvió hacia el asiento del conductor.
Antes de entrar le gritó a Cristián: -Cristián venite al asiento de adelante-
-No, no, yo me quedo acá. Gracias che- y se fue junto a Jessie rumbo a la entrada del apartamento.

Aquí puedes leer la última parte del Capítulo 10: “Un viaje predestinado” 

Martín Filippi
[email protected]

Me gusta volar, me gusta su ciencia, la historia de los hombres y mujeres que hicieron realidad lo que parecía imposible. Me gusta lo que la experiencia o el anhelo del vuelo tiene el potencial de modificar en nuestra percepción de la realidad, de los límites, de los desafíos. Dedico una parte importante de mi tiempo libre a impulsar este proyecto, con la visión de que si nos lo proponemos, podemos desencadenar un cambio semejante en aquellos que todavía creen que para volar hacen falta alas.

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